20 años sin Richey Edwards: la desaparición del alma de The Manic Street Preachers

Richey Edwards pintado con Marilyn Monroe sobre un fondo rojo.

“4 real“ tallado en el antebrazo a base de cuchillazos irregulares a causa del supuesto dolor. La sangre brotando desde el primer tramo, cubriendo aquel brazo que debía sostener el mástil de la guitarra. El absurdo exceso del rock llevado al extremo para demostrar que no había fachada en aquel grupo llamado Manic Street Preachers que aún tenía que justificar todas las expectativas levantadas.

Estamos en 1992 y el dueño y ejecutor de aquella pequeña mutilación es Richey Edwards, uno de los nombres más inquietantes de la crónica negra musical y el caso más particular del club de los 27. Toda la desmesura, provocación y aura que exportaba el guitarrista galés no escondía otra cosa que inseguridad y problemas que desembocarían en una de las historias más trágicas que existen: aquellas que no tienen final. Porque Edwards parece que decidió poner fin a su vida un 1 de febrero de 1995 pero solo lo parece, porque eso nunca lo sabremos con seguridad.

Se cumplen 20 años de la desaparición de uno de los nombres de esa década que quedó reducida a Kurt Cobain y aquel juego de peleas en el britpop. El guitarrista se evaporó sin dejar pistas, sin un cuerpo al que llorar. Entre esa marejada de estilos, en el hueco que hay entre los últimos coletazos del sonido Madchester con el shoegaze y el levantamiento del espíritu patriótico en forma de canción pop, brotó una banda de parias galeses. Resulta complicado imaginar que esos hombres con cara de padres de familia que aparentan hoy los Manic fueron una vez la formación que se declaraba socialista, alborotadora y que coqueteaba con la imagen del terrorismo irlandés -pasamontañas mediante- y con otros tabúes de una sociedad post-tatcheriana.

Quizá el gran culpable de aquella imagen que se labró la banda fue Richey Edwards, culpable también de ‘The Holy Bible’ (Epic, 1994); el gran álbum de The Manic Street Preachers que en su momento no vio la luz en Estados Unidos y que, tal vez por eso mismo, tardó en ser reconocido como uno de los grandes trabajos rock de la década. El tercer álbum de los de Blackwood se gestó como la despedida de Edwards, el inconsciente del músico plasmó a lo largo de todo el LP una carta llena de crítica y desesperación bañada en guitarras que fumaban glam y aspiraban metal. “Sabía que algún día iba a morir y antes de morir dos cosas me pasarían. Primero: me arrepentiría toda la vida. Segundo: quiero vivir mi vida otra vez”, reza la letra de ‘Of Walking Abortion’.

Manic Street Preachers a principios de los noventa.

“Fue difícil para mi padre”, declaró hace unos días Rachel Elias a la BBC. Es la hermana de Richey. Su padre, Graham, tuvo que asumir que nunca sabría el paradero de su hijo cuando hace años le diagnosticaron un cáncer que pondría fin a su vida en 2013. Cinco años antes se declaró la muerte de su hijo.  Un trámite legal que se alargó durante más de una década en la que la familia del guitarrista tuvo que asumir un duelo eterno que inició un primero de enero del 95 a las siete de la mañana. Tras una serie de problemas que el joven guitarra tenía que tratarse y que iban de un profundo alcoholismo a la anorexia pasando por constantes depresiones que le tenían fuera de la banda cada cierto tiempo, decidió tratarse en una clínica y volver con The Manic Street Preachers.

‘The Holy Bible’ suponía para la banda encontrar el camino propio tras el laureado debut ‘Generation Terrorist’ (Columbia, 1992) que pecaba de centrarse en exceso en corrientes cercanas al metal y de ‘Gold Against the Soul’ (Columbia, 1993), una propuesta influenciada por el grunge que había apartado el lado más político de la banda, centrándose en la oscuridad intimista del género estadounidense. Edwards nunca vería aquel éxito. Dos semanas después de la desaparición encontraron su coche junto a una estación de servicio, una última instantánea en la que imaginar sus movimientos hacia ninguna parte, allí donde se dirigen todas las leyendas.