Guadalupe Plata | Guadalupe Plata [2015]: navajazos en la tumba de T-Model Ford

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T-Model Ford nació alguna vez a principios del siglo pasado para asumir la figura del bluesman; hombre de raza negra, maldito, sentado, en cierto modo peligroso, complicado de matar, de risa infantil y follador. Muy follador. Acuchillado, envenenado, cornudo, preso, casado media docena de veces y con una descendencia que rozaba la treintena, Carter Ford era una figura exagerada que sobrevivió a un par de derrames cerebrales mientras ajustaba su marcapasos con el tempo de la guitarra que aprendió a tocar en ratos libres para así evitar meterse en alguna de esas peleas que acaban a navajazos. Cualquier persona que se acerque al centenario de vida con un currículum hecho a base de cicatrices tiene derecho a pensar que es inmortal. La pena es que Ford cerró su carpeta un día de verano de 2013.

Ahora tres alimañas fangosas rodean la tumba de T, lamentándose sobre barro seco del final de aquel diablo de cejas salvajes y espalda retorcida como su biografía. Es la portada que pone algo de color a ‘Guadalupe Plata’ (Everlasting, 2015), el tercer álbum de la formación andaluza que suena tan negro y desgastado como genial en su fórmula. En ese universo que ha montado el trío a base de homenajes, guiños y carismas todo se ve en blanco y negro y huele al perfume que lleva la muerte. Guadalupe Plata han publicado su trabajo más imaginativo a base de evolucionar en su propio estilo, renunciando a la fórmula tan en boga que asimila que la evolución es cambiar de sonido. La marca de los de Úbeda no solo sale inmaculada, se refuerza con 11 temas que sientan cátedra para responder al que pregunte por el sonido blues.

Y es que Guadalupe Plata en versión 2015 juegan con los conceptos como pocos pueden permitirse. Comienza ‘Tormenta’ y te asomas a la ventana esperando unas lluvias como nunca has visto antes. Suena ‘Mecha Corta’ y temes una explosión que acaba en un lugar podrido lleno de mosquitos bajo el ‘Agua Turbia’. ‘Filo de Navaja’ convierte la escena en una inmensa cuchilla de inspiración jazz planteada en cuatro minutos de absoluta genialidad.

La guitarra de Pedro de Dios es un pincel que desdibuja trazos oscuros y siniestros. Su voz, entre cómica y desesperada, cargada de alaridos y martirizada, alcanza en este tercer álbum su mayor nivel. Se atreven con cualquier cosa. En-la-ca-lle-lle-veinticua-tro-tro. Una vie-ja-ja-mató-a-un-ga-to-to”. Convierten aquel juego negro de niñas y palmas con resquicios de la España más oscura en un tema agonizante, rítmico y atractivo hasta hacerlo propio. En Guadalupe no hay complejos ni temores, no se guardan apariencias ni posturas. Pueden escoger la tradición, sacar su lado diabólico y mostrártela empaquetada. ‘Tengo El Diablo En El Cuerpo’ es una saeta exorcista y sensual que cierra un nuevo capítulo de mismo nombre en el que está todo lo que se espera de Guadalupe Plata llevado un paso más. Purismo que no pretende cambiar sonidos pero sí hacerlos propios, machacarlos y licuarlos hasta convertir el blues en una palabra que se asocie a ellos.