Sufjan Stevens | Carrie & Lowell: La muerte, la infancia y el folk

Portada de Carrie & Lowell de Sufjan Stevens

El abandono o la muerte pueden ser actos demoledores en la vida de cualquiera pero también, con la fuerza e inteligencia necesarias, son grandes impulsos creativos. La madre de Sufjan Stevens le abandonó cuando era niño, él, sin embargo, no la desterró de su vida sino que trató de entenderla. Un acto que eleva la personalidad de este músico que acepta las cosas como vienen, que salva los aspectos negativos de la pobre existencia humana y que además es capaz de crear verdaderas bellezas en el estudio como aquella que alumbró al mundo, ‘Illinois’ (Asthmatic Kitty, 2005). Quiso, en su momento, dedicarle un álbum a cada estado de EE.UU, una idea peregrina que tuvo que olvidar mientras tropezaba con algunos géneros y lugares musicales donde no encajaba tanto, como en ‘The Age of Adz’ (Asthmatic Kitty, 2010). Cinco años después Stevens ha vuelto con melodías muy íntimas y también muy elaboradas, con ideas sencillas sobre la vida, la infancia y su universo sentimental.

El álbum se titula ‘Carrie & Lowell’ (Asthmatic Kitty / Poptock, 2015) y es un verdadero caudal lleno de melodías dedicado a la madre que le abandonó y que murió de cáncer en 2012 y también a su padrastro, Lowell Brams, que hoy es director de su sello y que fue el que provocó que durante los últimos años Carrie volviera a ver a Sufjan. El impacto que esta época tuvo en el músico es determinante en el álbum que lleva como título los nombres de esa pareja, y sus imágenes en la portada.

Los recuerdos de una infancia se agolpan en los versos de un álbum cuyas letras no abandonan las laberínticas metáforas que mezclan fantasía y realidad. ¿Qué es real y qué es un recuerdo impostado? La infancia es un poco eso, la mezcla de las dos cosas. Cada recuerdo tiene algo de leyenda. La infancia es el universo que nos forja como individuos y Sufjan ha recurrido a él para adorar la figura de su madre, y la de Lowell, con melodías folk, con una voz suave e intensa, con el repiqueteo de banjos y la poderosa utilización de unos coros que en canciones como la que da título al álbum suenan a los mejores Simon & Garfunkel.

La sencillez de los recuerdos que construyen las letras como esos manteles sucios, o esos paseos a ninguna parte o las cenizas del cigarro ensuciando la moqueta se nutren de los susurros de Sufjan, su color de voz varía pero siempre emociona. Igual que el piano de Thomas Bartlett o el violín de Nedelle Torrisi. Las teclas de Bartlett son la columna vertebral de la preciosa y triste ‘John My Beloved’. Pero no todo es azul en este disco, la energía de ‘Drawn to the Blood’ es contagiosa como los distintos tonos que es capaz de asimilar la voz de Sufjan. Hasta la electrónica tiene su hueco en este folk reconstituyente.

No hay nada como la muerte para pararse a pensar en cuáles son esos momentos que verdaderamente importan. Esos momentos que se pierden en el tiempo y que son los que forman la vida. Esos momentos que casi ningún artista sabe recoger, sobre los que nadie escribe o pinta. Richard Linklater ha estado doce años trabajando en ‘Boyhood’, la única película capaz de compararse a la vida  y Sufjan ha tenido que ser abandonado y sólo después de sufrir la pérdida ha sido capaz de ahondar en los sonidos perfectos para dibujar la vida, la infancia. ‘Carrie & Lowell’ sólo podía ser un disco de folk, el único género capaz de reconciliar al género humano con su propia existencia.


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